domingo, 19 de julio de 2020

ETHEL LEGINSKA: La relajación, una idea clave en la práctica pianística actual

La brillante pianista Ethel Leginska, que se ha establecido un tiempo en América, tuvo un encuentro en su estudio de Carnegie Hall a su regreso de una gira de conciertos. La joven inglesa tiene el pelo castaño, la cara muy expresiva y una personalidad entre extrovertida y formal. La musculatura de sus delgadas y proporcionadas manos indica que debe de pasar muchas horas diarias ante el teclado.

Ethel Leginska junto a la chimenea. 1916
Dominio público

“Sí, he tocado muchísimo en público, toda mi vida, de hecho, desde que tenía seis años. Comencé mis estudios musicales en Hull, ciudad en la que vivíamos. Mi primer profesor fue alumno de McFarren. Posteriormente me llevaron a Londres, donde gente adinerada me ayudó mucho. Después fui a estudiar con Leschetizky y estuve con él varios años hasta que cumplí los dieciséis. También estudié en Berlín. Fue entonces cuando comencé mi carrera y ofrecí conciertos por toda Europa. Ahora me he instalado en América un tiempo. Me gusta estar aquí. Me he encariñado del país.  

¡El piano es un instrumento tan maravilloso! Siento que nos encontramos solo al inicio de comprender cuáles son todas sus posibilidades, no en sentido técnico sino como vehículo de expresión. Para mí, el piano es capaz de reflejar cada estado de ánimo, cada emoción, todo el sentimiento, la alegría, la tristeza, así como el bien y el mal. En definitiva, el piano puede  expresar todo lo que hay en la vida y lo que uno ha vivido. (Esto recuerda un reciente comentario que se ha publicado de J.S. Van Cleve: “El piano puede cantar, desfilar al ritmo de una marcha, bailar, brillar, tronar, llorar, mirar con desdén, hacerse preguntas, aseverar, quejarse, susurrar, insinuarse; en resumen, es el instrumento más versátil y de mayor plasticidad que existe.”)

En cuanto a la técnica en el piano, pienso que se trata únicamente de una herramienta, un medio para alcanzar un fin. De hecho, evito pensar en la técnica para focalizar mi atención en el significado de la música que deseo interpretar. Estoy convencida de que hay un futuro muy prometedor para el piano y su música. Ahora nos estamos tomando muy en serio la música para piano e intentamos interpretarla de forma más amplia y profunda que los pianistas de hace cincuenta años.  Pienso que si Clara Schumann o Liszt, por ejemplo, tocaran ahora para nosotros, percibiríamos que su manera de tocar no pega para nada en nuestra época. Algunos de nosotros todavía recordamos la posición de la mano que tenía la señora Schumann con falta de libertad en dedos y brazos. No estaba de moda en ese momento tocar teniendo en cuenta la relajación, o la amplitud y profundidad de estilo que requieren los artistas actuales. Por aquel entonces, la relajación no recibía la atención que merecía, por lo que, probablemente, encontraríamos rígida la forma de tocar de los grandes pianistas de la generación anterior, a pesar de todo lo que hemos oído sobre sus fantásticas interpretaciones.

Para mí la relajación es un pasatiempo. Creo en la absoluta libertad de toda la anatomía del brazo, desde el hombro hasta la punta de los dedos. Desde mi punto de vista, la rigidez es el aspecto más censurable en la práctica pianística, así como el defecto más habitual que se encuentra en los intérpretes. 

Cuando la gente viene a mi estudio para que la escuche, es en lo primero que me fijo: la rigidez. En la época en la que estaba viviendo en Berlín, vi mucho a la señora Teresa Carreño, que piensa igual que yo sobre la relajación, no solo en el teclado sino también en la forma de sentarse, moverse, o incluso caminar. Ella piensa en este tema constantemente, de manera que, a veces, si lleva algo en la mano, lo deja caer sin darse cuenta, simplemente por el constante hábito que tiene con la relajación. 

Me pregunta cómo empezaría trabajar con un estudiante que nunca ha recibido clases de piano. Utilizo el principio de la relajación desde el primer momento, aflojando brazos y muñecas. Esta idea se puede enseñar a los alumnos más jóvenes. La muñeca se sube y baja mientras la mano se coloca sobre el teclado en posición fija y los nudillos arqueados. No cuesta mucho adquirir esta posición relajada. Una vez que tenemos bien colocada la mano, empezamos a trabajar el movimiento de los dedos. No soy partidaria de levantar mucho los dedos sobre las teclas porque requiere tiempo e interfiere en la velocidad y la fuerza. Levanto los dedos un poco y así dispongo de toda la energía, tema en el que todos los expertos están de acuerdo. En los acordes y octavas dispongo de toda la energía que necesito pulsando las teclas con peso y presión. No preparo los dedos en el aire antes de tocar un acorde porque no lo encuentro necesario”. 

Aquí la pianista comenzó a tocar una sucesión de acordes cuya fuerza y calidad sonora corroboraron sus palabras. Los dedos parecía que se agarraban al teclado. No había ningún tipo de golpe. 

“Regresemos al alumno que se inicia en el instrumento. Respecto a un libro para iniciarse, suelo utilizar el de Damm aunque se puede aprovechar cualquier obra que trabaje los principios básicos siempre que sean bien enseñados. Se dice que Leschetizky no tiene ningún método. Evidentemente se entiende que no utiliza un libro concreto porque está claro que sí tiene lo que llamaríamos un “método”. Hay una serie de principios y distintos ejercicios que deben aprenderse, pero también es cierto que ningún “preparador” utiliza un libro concreto. 

En la enseñanza del piano, como usted sabe, cada alumno es diferente. Cada uno tiene una estructura de mano concreta y un grado distinto de inteligencia. Por eso, a cada estudiante se le debe tratar de manera diferente. Sin duda, esto es una ventaja para el profesor porque sería muy aburrido si todos los alumnos fueran iguales. 

Cada alumno tiene sus propias características. Es necesario
prestar atención a los diferentes estilos de aprender.
Fuente: Pixabay

El piano pone al descubierto la personalidad del intérprete. Solo necesito escuchar a una persona tocar para saber cuáles son las características de su personalidad. Si alguien es cuidadoso al detalle en todo lo que hace, esto se refleja en la interpretación. Si uno es perezoso e indiferente, se observa exactamente en el momento en el que pulsa las teclas. O si una persona ve el punto dramático en todos los aspectos de la vida, también se observará en el piano. 

Me referiré de nuevo al tema de la acción de los dedos. No creo en lo que se suele denominar “golpe de dedo”. Por el contrario, defiendo que los dedos estén cerca de las teclas, aferrándose a ellas siempre que sea posible. Esta es también la idea de Arthur Schnabel. Debería escuchar a Schnabel. Todo el mundo en Berlín está loco por él y allí donde da un concierto el aforo está completo. Tiene muchos alumnos y es un distinguido profesor. Un punto en el que yo insisto pero él no: no permito que la primera articulación del dedo, la que está cercana a la punta, esté blanda. Es algo que no me gusta pero a Schnabel parece que no le preocupa. Su mente se interesa sobre todo por los aspectos más importantes de la música.

Respecto a la memorización de las obras, aprendo frase por frase en el instrumento, a no ser que esté viajando o no disponga de un piano, en cuyo caso pienso la pieza en voz alta. Si la obra es muy difícil, elijo un pasaje breve de dos o tres compases y toco cada mano primero separadamente y luego las junto. Generalmente toco el pasaje completo, digamos que una media docena de veces con la partitura y después otras seis veces de memoria. A lo mejor al día siguiente lo he olvidado por lo que tengo que realizar de nuevo el mismo trabajo. Sin embargo, la segunda vez lo suelo memorizar totalmente.  

Mi gran deseo y ambición es escribir música, convertirme en compositora. Teniendo presente esta idea, dedico el tiempo que sea necesario para estudiar composición. Espero algún día crear algo que merezca la pena y me permita cumplir este objetivo." 

BIBLIOGRAFÍA:

Brower, H. (1915). Piano Mastery. Talks with master pianists and teachers. New York: Frederick A. Stokes Company.

Traducción: Francisco José Balsera Gómez



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